Hoy no te rogaré nada, ni mucho menos a ti. Hoy se acabaron todos aquellos sufrimientos de tiempos pasados que me dejaron heridas aun sin cerrar y que, a ti , sin dudar ningún instante decidiste envenenar. Eso si, te voy a pedir un favor, algo pequeño que me sigues debiendo y lo vas hacer: escucharme.

Hoy se acabaron los llantos del pasado, se acabaron mis dudas sobre lo que soy o dejo de ser. Hoy dejo de sufrir por no ser el prototipo de persona que se espera la sociedad de mi y mucho menos tú.


Hoy he decidido contarte una historia, algo no muy larga, para que no te tengas que dormir mientras. Voy a intentar que la comprendas. Dos individuos se conocen en una biblioteca o en un café o en la calle, el escenario es lo que menos importa; estos entablan una amistad. El paso del tiempo les muestra a ambos que no pueden ser amigos, que deben ser algo más, que el destino a jugado en su contra y les ha ganado la partida. Sufren por no saber la verdad del uno al otro y lo dicen, se declaran. Más adelante deciden vivir juntos, haciendo vida normal, como cualquier pareja, como cualquier animal (porque eso somos, animales, pero desarrollados). Al tiempo deciden casarse, o no, y con el tiempo forman una familia ya sea adoptando o por ellos mismo o deciden ser solo dos o tres. El tiempo les ha marcado ya el final de uno de los dos. Muere uno hoy y el otro, mañana. Pero estas dos personas del principio se van con una conclusión sobre su vida: han sido amadas, respetadas y cuidadas por aquella persona que un día conocieron por casualidad, que tal vez ya no estén juntas pero en un momento se han querido.
Y esto es aplicable en muchas otras historias, validas como la que yo he explicado.

Ahora ha llegado mi momento ¿Por qué me señalaste, cuando tú has sido un amargado durante toda tu vida? Te voy a decir una cosa, hoy, mañana y el resto de tu vida te pido que me señales; hazlo, te lo pido. Señálame como un desecho humano, dime todos mis errores como si tu fueras la persona más indicada para enseñarme qué es la vida, dime que no soy como los demás.

Hazlo.

Señálame por ser feliz, por hacer lo que hago y por amar lo amado. Y tu mientras señalas aquellos que no son como tú, te amargas tu existencia y te mueres siendo un infeliz. 

Haz creer a los que te rodean que soy un enfermo, que debo ir a un psicólogo, que estoy mal de la cabeza pero sobre todo, loco. Que para ti, en este instante, soy alguien que debería estar en un psiquiátrico por no pensar como tú, que te debería de adorar como el Hermano Mayor, que no me deberían gustarme también las mujeres, que solo los hombres, O viceversa, O punto sin seguir.

Te contestaré, te diré que sí, que he perdido la cabeza, que ya no estoy cuerdo. Que mi forma de amar no es la correcta a tus ideales, que no debería ser así. Te diré que me taches de tu lista de contactos, vete por la puerta de atrás como si nunca hubieras entrado. Gírame la cabeza o cámbiate de calle para no toparte conmigo, por si algún caso no te pase yo algo que tu llamas enfermizo. Que mi forma de amar no es la correcta, que sientes pena de mí por no ser como tú. Que sepas que no quiero ser como tu, una persona normal y sin escrúpulos; porque eso es demasiado aburrido ¿No crees?

Por último, como último favor y mal gasto de tiempo, te pido que reflexiones, que viajes, que entiendas y comprendas todo lo que sucede a tu alrededor. Hazlo como deberes. El tiempo pasará a ver que si los has hecho, y tal vez, cuando llegue el momento, te dejará con un castigo.